Una muerte evitable.

Qué tristeza más grande saber de la muerte de un alumno de un colegio particular en Santiago, que se quitó la vida días después de haber sido suspendido por tener y distribuir marihuana en el establecimiento.

 

Lo mediático del caso puede que nos distraiga de lo realmente importante. ¿Qué pasa por la cabeza de un joven, que tiene todo el futuro por delante, para llegar a tal decisión?

 

Echarle la culpa al colegio, a los padres...uy qué atrevimiento de juzgar con tanta liviandad. Estas situaciones son mucho más complejas (la realidad siempre lo es) y no es posible hacer una relación causa efecto tan simplista.

 

He estado estudiando las estadísticas sobre consumo de alcohol y drogas en adolescentes en Chile, y como ya es sabido, las cifras son alarmantes. Somos los quintos en consumo de alcohol y primeros en consumo de marihuana. Además somos el segundo país de la OCDE donde más aumenta el suicidio juvenil. 

 

¿Qué está pasando en el interior de nuestros adolescentes?

 

Tengo mi teoría personal sobre el diagnóstico y posibilidades nuevas para cambiar esta situación.

 

Creo que hay una falta de sentido muy profunda en nuestros chicos, anidada en la carencia de vínculos afectivos seguros, exigencias académicas y de resultados altísimas, poco o nulo desarrollo de una rica vida interior. El resultado de esta combinación de factores lleva a una sensación de vacío que se llena con superficialidades y se pasa con formas de anestesiamiento tales como el alcohol o las drogas, o la adicción a las tecnologías.

 

Ellos mismos hablan de "borrarse" en los carretes, episodios que han aumentado en frecuencia y que suceden a edades cada vez más tempranas.

 

Veo también que los adultos estamos un poco perplejos ante esta realidad y muy confundidos sobre cómo abordarla. Se crean protocolos, agrupaciones de padres para acordar normas, leyes de tolerancia cero, etc. Pero nada de esto funcionará si no se llena el vacío. 

 

Mis recomendaciones concretas, algo que cada uno de nosotros puede hacer con su hijo o hija, son:

1. Generar un vínculo íntimo. No se trata de ser el papá o mamá buena onda al que le cuentan todo. Se trata de encontrarse en el plano de los sentimientos y los deseos más profundos. No tanta preocupación por lo que hace tu hijo/a, más atención a cómo lo está viviendo. Preguntarles ¿Cómo te sientes?, ¿Qué necesitas de mí?, ¿Te sientes escuchado?. Al hablar de lo que sentimos creamos un hábito muy importante, que se ha visto tienen las personas que se sienten felices: estar cómodo con los propios sentimientos. Esto no es fácil porque se requiere mucha capacidad de escuchar y ante todo estar disponible. Este tipo de encuentros no ocurrirán si no los incorporamos en nuestra agenda y no serán fructíferos si tenemos miedo de encontrarnos en el dolor, la rabia o la frustración.

2. Tener conversaciones significativas: Hablar de los sentimientos, pero también de las preguntas fundamentales del hombre. No tanta preocupación por las notas, la PSU y si va a entrar o no a la mejor universidad. He hablado con muchos adolescentes y es sorprendente lo poco que han pensado en su futuro, más allá de la carrera. Les preguntas ¿por qué vas a estudiar ingeniería comercial? y no tienen idea. Algunos porque es rentable, otros porque me gusta matemáticas, o porque no sé que otra cosa estudiar. Esto es muy preocupante, porque sin motivación intrínseca, sin pasión, no hay felicidad. Preguntándoles sobre sus intereses, lo que los apasiona, sus sueños, sus creencias, lo que piensan de la vida y de la muerte, etc. les abrimos la mente y las posibilidades. Nuestro rol como padres no es asegurarles un salario, es ayudarlos a desarrollar una sana identidad y encontrar sus propios caminos.

3. Modelar: Nos han dicho hasta el cansancio que el ejemplo vale más que mil palabras. Entonces pregúntate ¿Cómo cultivas tú tu vida interior? ¿Haces algo que te apasione? ¿Cómo están tus vínculos? ¿Usas algún tipo de anestesiamiento para no encontrarte contigo mismo?

 

Un adolescente con propósito puede cambiar el mundo y tendrá no una, sino mil razones para querer vivir. 

 

 

 

 

 

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